Cierra los ojos mientras le acarician los labios, y tras los párpados cerrados adivina su mirada, la misma que recorre su rostro y viaja por los recodos de su cuerpo en toda su lánguida desnudez. La calidez que él despide borra momentáneamente la gelidez de otros parajes, desterrando recuerdos que bloquean la luz y apagan la risa. Los arrullos la acunan, silenciando la música fúnebre de los silencios que pueblan la recámara de su mente. Presente y pasado se mezclan en los caprichos de la imaginación, invasores, se exploran el uno al otro. Se concentra en la respiración y los círculos que dibujan sus caderas, convidando al olvido a unirse al festín. Regala una sonrisa, hace eco a sus gemidos, se retuerce. Trepa por su cuerpo, afianzando los talones a sus caderas, imagina que escapa, vuela, clava las uñas en el ahora para no perderse. La danza destierra ausencias y ella deja de estar a la deriva de la añoranza por la que vaga algunas noches, se desdobla, ya no se recono...
El crujir de huesos bajo su suela le hizo sentirse gigante, colmó su hombría y acalló cualquier reparo. Absorto en su victoria, no reparó en las caleidoscópicas llamas que nacían, una a una, sobre la hierba del prado. Satisfecho con su hazaña, partió, sin siquiera echar un vistazo a lo que quedaba atrás. Rutilando, la creciente luz de las llamas proyectó su sombra contra el muro del mundo, revelando un diminuto contorno tan solo henchido de la mezquindad y bisoña maldad del que reniega de su naturaleza y vive sometido a la notoriedad y el agrado ajeno. Las llamas le observaron sin atreverse a vaticinar al caminante la semidicha que le depara, como a todo aquel que es leal a tanto ardid en la vereda de la vida. Las llamas iluminaron con un estallido la zona circundante y sembraron de ceniza aquel pastizal. El fénix alzó majestuosamente su vuelo, y, mientras el suelo se alejaba, se preguntó por un instante quién sería aquella silueta alejándose y, al no hallar respuesta entre ...
Miró a través de la grieta para comprobar si era cierto que la hierba siempre es más verde al otro lado. Su abuela siempre le obsequiaba con este tipo de refranes, teniendo siempre uno a mano para cada ocasión. Quería ser como Alicia, pero manteniendo su propia voz, sentarse en el muro sin que nadie la convirtiera en su peón. No era tarea fácil, lo sabía. La creatividad femenina se hallaba amordazada en su mundo, convertida en ruido uniforme de fondo. En la escuela le habían mostrado lo que les ocurría a las disidentes, las Plath y Woolf de estos tiempos modernos, la trascendencia de su obra mermada por sus actos finales, y no alcanzó a entender por qué no ocurría lo mismo con sus homólogos masculinos. El resto acarreaba su silencio, temerosas del paso del tiempo, que todo lo ajaba. Y pensó en las mujeres bellas, y como su belleza era en realidad una entidad con vida propia, por la que se las juzgaba, desligada de la persona y sus capacidades, divergiendo del resto de sus aptitudes y c...
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