Cierra los ojos mientras le acarician los labios, y tras los párpados cerrados adivina su mirada, la misma que recorre su rostro y viaja por los recodos de su cuerpo en toda su lánguida desnudez. La calidez que él despide borra momentáneamente la gelidez de otros parajes, desterrando recuerdos que bloquean la luz y apagan la risa. Los arrullos la acunan, silenciando la música fúnebre de los silencios que pueblan la recámara de su mente. Presente y pasado se mezclan en los caprichos de la imaginación, invasores, se exploran el uno al otro. Se concentra en la respiración y los círculos que dibujan sus caderas, convidando al olvido a unirse al festín. Regala una sonrisa, hace eco a sus gemidos, se retuerce. Trepa por su cuerpo, afianzando los talones a sus caderas, imagina que escapa, vuela, clava las uñas en el ahora para no perderse. La danza destierra ausencias y ella deja de estar a la deriva de la añoranza por la que vaga algunas noches, se desdobla, ya no se recono...
Las letras se deslizaban por el cristal del reloj de arena. Pensamientos inconexos, interrumpidos, todo aquello que le gustaría gritar, arrancarlo de dentro, que flotara alejándose tras las primeras luces de la mañana. Las palabras intentaban formarse sin éxito en el conducto y continuaban precipitándose hacia el bulbo inferior. Alzó las manos en un intento inútil de parar su caída y pronto comprendió que acabarían sepultándola. Cerró los ojos. Sus aspiraciones se sumaron a las letras, tornando el cristal opaco, aislándola de todo lo que había allí fuera, acompañada tan sólo por su dolor, sus añoranzas y sus quimeras. El saber que todo acabaría en breve le trajo paz, y con ella llegó el sosiego, se calmaron las palpitaciones y su respiración se volvió regular. Al volver a abrir los ojos notó que la avalancha se había transformado en llovizna y a pesar de que las letras seguían formando frases inconsecuentes y sin sentido, lo hacían a ritmo lento. No se dejó engañar, el fin sería el mi...
El crujir de huesos bajo su suela le hizo sentirse gigante, colmó su hombría y acalló cualquier reparo. Absorto en su victoria, no reparó en las caleidoscópicas llamas que nacían, una a una, sobre la hierba del prado. Satisfecho con su hazaña, partió, sin siquiera echar un vistazo a lo que quedaba atrás. Rutilando, la creciente luz de las llamas proyectó su sombra contra el muro del mundo, revelando un diminuto contorno tan solo henchido de la mezquindad y bisoña maldad del que reniega de su naturaleza y vive sometido a la notoriedad y el agrado ajeno. Las llamas le observaron sin atreverse a vaticinar al caminante la semidicha que le depara, como a todo aquel que es leal a tanto ardid en la vereda de la vida. Las llamas iluminaron con un estallido la zona circundante y sembraron de ceniza aquel pastizal. El fénix alzó majestuosamente su vuelo, y, mientras el suelo se alejaba, se preguntó por un instante quién sería aquella silueta alejándose y, al no hallar respuesta entre ...
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